12 de noviembre de 1992



Casi nunca me acuerdo de ti, espero que te quede claro.  Si estoy ignorando una de tantas líneas que nos ha dado por trazar en el aire, si a pesar de todo te escribo,  es sólo porque hoy, precisamente hoy, llegaste a mi cabeza. Así, de buenas a primeras. Y me fastidió tanto que pudieras aparecer con semejante desfachatez, que después de todo este tiempo todavía estés merodeándome el inconsciente, que no puedo menos que hacerte partícipe de mi molestia. Tampoco vale la pena que te sientas halagado: no me acordé del tamaño de tus manos ni del eco de tus carcajadas. Si llegaste a importunarme la memoria fue sólo porque, ahora que finalmente me planteo dejar de fumar, escuché claramente una de tus frases lapidarias, ésa en la que asegurabas que casi cualquier espacio de mi cuerpo era propicio para colocar un cenicero. Guarro. Y me dio rabia, y quise encender un cigarro y tumbarme con el frasco de cenizas sobre el ombligo, como aquel día, y te culpé en silencio por minar mis esfuerzos y dispararme el síndrome de abstinencia.
Yo siempre te culpo en silencio, ya me conoces, y sólo sé ser agresiva en papel. Por eso decidí romper las reglas cien veces establecidas, por eso me atrevo a escribir:  porque sólo así soy capaz de decirte que, (aunque casi nunca lo hago) hoy sí. Hoy me acordé de ti.

E. 

13 de abril de 2010

No, no lo hice, me resistí a la tentación del Just for Men y en lugar de teñirme la barba blanca decidí de plano rasúramela completa, harto de las comparaciones entre mi persona y Santa Claus, o Lula, o cualquier otro insigne personaje que se les viniera a la mente a los de la oficina.

No sé por qué te cuento esto, tal vez es por ego, porque me dicen que me veo mejor, más joven, o quizá para que te enteres que al final, como siempre, tú ganaste y terminé por cortarme la barba que odiaste durante tantos años.

Es probable que sólo te escriba por pura nostalgia, como bien sabes (o por lo menos me gusta pensar que aún lo recuerdas) hoy cumplí 62 años y la palabra viejo ronda por mi mente más que ninguna otra en estos últimos días.

Sé que hicimos un pacto, sé perfectamente que juramos nunca hablarnos por teléfono. Ahora que lo pienso creo que fui yo quien te convenció de que hablar sin vernos era una estupidez, que la voz por el auricular es impostada y ridícula, que al final entre tú y yo siempre fue mucho más importante el silencio que las palabras. A veces puedo ser bastante idiota, idiota convincente que es lo peor.

Pero por algún motivo pensé que hoy sí me llamarías (tal vez todavía lo hagas, te queda un poco menos de media hora; son las 11:35 según dice mi reloj), así que no voy a mentirte: llevo toda la tarde pegado al teléfono y he despachado rápido a la gente que sí llamó para felicitarme, para que no hablaras y encontrarás el tintineo de la línea ocupada y, conociéndote como te conozco, decidieras que era una señal del destino y no volvieras a marcar mi número.

Quisiera contarte cosas interesantes como antes, o por lo menos decirte que pasó algo nuevo, que estoy haciendo ejercicio, que dejé de fumar o que por fin me decidí a escribir mis memorias ahora que la vida me ha echado el tiempo encima como un embudo; pero no, nada de eso ha ocurrido, sólo la barba, la maldita barba blanca que fue cayendo sobre el lavabo como pestañas plateadas mientras las tijeras recorrían mi rostro.

Siento como si me hubiera quitado una máscara, como si detrás de esa careta ya sólo existiera yo, indefenso, con arrugas, con los surcos que fue trazando el tiempo en los mismos lugares donde alguna vez tus labios dejaron rastros de carmín.

Ya está, 12:03, no llamaste, si hablas ahora ya no cuenta. Para cuando recibas esta carta seguramente la barba habrá vuelto a crecer y yo seguiré siendo el mismo.

“Te vas a morir solo”, me dijiste un día en uno de tus arranques, “¿Quién va a ser tan pendeja como yo para aguantarte?”. Tal vez tenías razón, no creo que me esté muriendo (por lo menos hace muchos años que no piso un hospital), pero sí estoy solo.

Veo la caja del tinte para la barba mientras me paso una mano por la piel reseca de la cara… seguramente tú también tienes ya el pelo blanco ¿o te has convertido por fin en una rubia de bote?

Santiago.

6 de Junio de 1973


Anoche soñé que me moría. (Casi te estoy escuchando preguntar, con esa sonrisa burlona, si no me canso de ser tan intensa, hasta en sueños. Y no, todavía no me canso.) Parecido al día aquél que te soñé a ti delante de un pelotón de fusilamiento, ¿te acuerdas? Aún trato de decidir si merecías que diera a mis soldados la orden de disparar.
También esta vez estabas tú en el sueño. Por eso voy a ignorar que hayas tenido el mal gusto de no responder mis últimas cartas y, con el siempre socorrido pretexto de un relato onírico, escribo. Onírico y erótico, como a ti te gustan. Eso sí: los detalles escabrosos me los quedo, si te interesan lo suficiente siempre sabrás dónde encontrarlos, aunque sospecho (por tu silencio) que andas perdido en detalles (y catres) equivocados.
Vuelvo entonces a la descripción de mi sueño, tan poco detallado por culpa tuya. Lo que quiero decirte en realidad es que nunca había entendido así la muerte. Corrijo: (no entiendo un carajo) nunca había imaginado así la muerte. Tú y yo como antes, como alguna vez o como nunca, ya no sé. La infinita euforia de tenerte cerca. Y al final, un alma en pena curiosa, que había presenciado mi erótica agonía, me preguntaba: “¿Vale la pena? ¿Morir así?” Y sí, valía la pena. Morir contigo, nunca, no soy tan cursi. Porque tú, en el sueño, te habías ido ya, más vivo que nunca. Lo que valía la pena, la catarsis perfecta, era saber que me habías matado.
Pero, sobre todo, despertar y darme cuenta de que, a pesar de tus múltiples e imaginativos intentos, todavía no lo consigues. Escribe de una vez.

Emilia.

Febrero 22 de 1970

Hoy por fin hablé con Luis, le conté todo: nuestros (des) encuentros, nuestros planes, nuestras ganas, nuestra correspondencia… Sorprendentemente no lo tomó tan mal, yo estaba ya listo para salir corriendo o para reventarle en la cabeza el cenicero del bar, pero no, no hubo necesidad de hacer ninguna de las dos cosas porque se quedó paralizado como si le hubiera caído encima una cascada de cemento. Hubo un silencio incómodo que duró como tres siglos (digamos unos diez minutos), hasta que se llevó una mano a la cabeza y me dijo: “Lo único que no entiendo es lo de las pinches cartas”.


No había manera de explicárselo, y la verdad tampoco puse mucho empeño en hacerlo, yo estaba eufórico porque no me había matado a patadas y también porque ese secreto que nos ha mantenido durante tanto tiempo a salto de mata, se dejó ver de la manera más natural bajo la luz neón de un bar de mala muerte y de ocho whiskeys atiborrados de hielo.

¿Cómo explicarle? ¿Cómo hacerle sentir ese sudor helado que me impregna las manos cada vez que recibo una carta y reconozco tu letra perfecta que tiñe las hojas de mis días con tinta azul? ¿Cómo contarle que la voz que me habla mientras te leo no resuena en los oídos sino en los huesos? ¿Quién puede entender que estemos tan locos?

Y mientras yo te sigo escribiendo porque sé repasarás estás líneas en silencio y nos entenderemos sin mover los labios. Y si yo escribo por ejemplo: “A”, tú tendrás que notar su simetría, su soberbia de saberse poseedora de las llaves del alfabeto; y si escribo: “S”, estarás obligada a notar su conflicto, a verla bajar contorsionarse y volver a donde comenzó, como una montaña rusa que sondea la hoja en blanco. ¿Qué le atormenta a la “S”?

Me estoy perdiendo en las formas, como siempre, y ahora estoy tan contento que sé de sobra que en las únicas formas que vale la pena perderse es en las tuyas.

¡Ando más cursi que una película de Angélica María! Si no puedo volver a escribir nunca como la gente normal lo vas a llevar en tu conciencia para toda la vida. Más vale terminar ya esta carta que huele a perfume de quinceañera…

Y tú ¿en qué piensas mientras me hundes en los pantanos de tu tinta azul?

Santiago.

4 de enero de 2008

El domingo fue día de mudanza. Mariela y su marido insistieron en convertirlo en un evento familiar y de nada me sirvió protestar. Los niños estuvieron revolviendo mis cosas toda la mañana y poniéndome los nervios de punta, tú no habrías aguantado ni cinco minutos. O quizá sí. Nunca me quedó claro si hablabas en serio cuándo decías que a Herodes debían santificarlo.

Por la tarde, Mariana se acercó a mí con una fotografía entre las manos. Y de pronto, ahí estabas tú, tú hace treinta años. Creí que, excepto por las cartas, las pruebas físicas habían perecido con la masacre post-psicoterapia existencial. Pero no: ahí estabas de nuevo. Con tu invariable Marlboro entre los dedos y tu cara de foto: la sonrisa un poco ladeada, la mirada perdida como si contigo no fuera la cosa. “¿Quién es éste, abuela?” (Le debo haber dicho un millón de veces que no me diga así, que me llamo Emilia, pero la inconsciencia de sus cuatro años insiste en recordarme, con el odioso apelativo, el paso del tiempo).

No fue tan difícil pronunciar tu nombre delante de esa nieta que pudo haber sido, también, tuya. Lo verdaderamente complicado fue reconocer a la chica de la foto, a ésa que era yo antes, la jovencita de sonrisa excesiva, botas muy altas y falda muy corta. Lo que dolió fue verme obligada a pensar en qué momento me convertí en esta otra. Y, ¿adivinas? También de eso tú eres un poquito responsable. Siempre decías que yo no encajaba en el papel de esposa y madre abnegada. Siempre pensabas en mí de noche, con unas copas encima. Siempre eran otras, más presentables y con un color de labios mucho más discreto, las que llevabas a casa de tu papá los domingos. Yo sólo existía para ti de madrugada, y en papel. Y me esforcé tanto en demostrarte que también yo podía usar medias y sentarme con las piernas juntitas, que también yo podía ser dulce y recatada, que terminé por serlo. Hice todo el numerito. La boda, la casa, los niños, ahora los nietos. “No eres tú”, me escribías -colmando cada letra de sarcasmo- cada vez que yo trataba de provocar tus celos con mis relatos de vida doméstica. Pero sí era yo, casi yo. Casi, porque en mi estúpido intento por convencerte de que te casaras conmigo, terminé casándome con otro.

¿Viste? Sí podía, sí pude. Y no lo hice tan mal. Pero no me había dado cuenta, hasta el domingo pasado, de que en el fondo habría sido interesante que Mariana tuviera tus ojos cafés y tu sonrisa ladeada, y en lugar de preguntar quién eres, preguntara por qué el abuelo se empeña en mirar para otro lado en los retratos. Y entonces yo sería ésta y también la chica de la foto. Por tu culpa, o tal vez gracias a ti (¿cómo saberlo?), siempre voy a ser dos distintas: yo, y la que pude haber sido contigo...más allá de las palabras.
Quiero terminar esta carta preguntándote cuántos Santiagos eres tú hoy, pero no voy a hacerlo. Sería demasiado fácil y estoy demasiado próxima a la sesentena como para volverte a permitir que me acuses de intensa. Mejor te mando la fotografía. ¿Te acuerdas? La tomó Javier afuera de la facultad. Nunca entenderé cómo podías ir por la vida con esas barbas.

Emilia.



Julio 12 de 1980

El local era espantoso, no sólo el café estaba siempre quemado y frío, el lugar en sí mismo resultaba deprimente. Los manteles tenían manchas que bien podían llevar ahí un par de siglos, las cortinas anaranjadas eran patéticas y no sólo no cumplían con su propósito de dejar afuera al sol, sino que lo reflejaban de tal manera que todo el sitio parecía un foco pelón de 100 watts. Pero ahí estabas tú, siempre, tomando ese café de mierda y escribiendo incansable en un cuaderno enorme que ocupaba tres cuartas partes de la mesa.

La primera vez que te vi yo venía saliendo de la cantina de enfrente ¿te acuerdas? la que quedaba apenas a unas cuadras de la Facultad, y me temo que pasé más tiempo en ese lugar que escuchando las insufribles clases de derecho. Ahí me instalé en el Dominó y en los whiskeys dobles, ahí perdí hasta la camisa apostando con albañiles y viejitos que siempre cerraban el juego cuando yo traía guardada la mula de seises, pero lo que más practiqué en ese antro de basurero, fue la rutinaria manía de pegar la nariz a una pequeña ventana y verte escribir como una autómata mientras encendías un cigarro con la colilla del anterior.

Muy de vez en cuando levantabas la mirada y tus ojos de vitral se estampaban contra los míos que habían estado buscando tus pupilas toda la tarde, el encuentro no duraba más de cinco segundos pero era suficiente para que yo pasara en falso o hiciera que Luis tirara su ficha firme por no tapar a tiempo la del contrario.

Nunca tuve el valor de cruzar la calle para hablarte, para invitarte un trago, para preguntarte qué tanto escribías en esas libretas enormes y por qué escogías siempre la misma mesa del café más corriente que he visto en mi vida. No sé si Luis también te veía, no sé si la desesperación de tanto perder en el Dominó o la simple casualidad de una borrachera hicieron que fuera él quien sí tuviera el valor de hablarte, sólo sé que la primera vez que te sentaste en nuestra mesa supe que por tu culpa haría cosas terribles, perdería la lealtad, te seguiría como un perro faldero hasta el final, cualquiera que sea ese final que nos está cocinando la vida.

Hoy tiene ya años que no juego Dominó, que no pierdo mi dinero con borrachos tahúres sino contigo en hoteles tristes y tomando este café nauseabundo donde ahora soy yo el que escribe como un enajenado mientras tú, por tercera vez consecutiva, no apareces. Eres mejor escapista que Houdini y yo no me he decidido a salir corriendo porque estoy seguro de que mis pasos me llevarían, monótonos e involuntarios, hasta el timbre de tu puerta.

–¿No ha venido Emilia?­– Le pregunto al mesero que me repite la respuesta de siempre con una sonrisa que no logro descifrar si refleja hartazgo o lástima.
–No joven, pero si viene yo le digo que la estuvo usted esperando–

Ya lo sé, ya lo sé, sé que lo que te hice no tiene perdón, por más que yo te lo haya pedido y tú hayas hecho como que lo otorgabas, por más que yo te haya dicho que volviéramos a empezar y tú hayas sacudido la cabeza afirmando mientras tus labios cerrados mustiaban que ya no más. Pero por lo menos asómate para dar la cara, dime que te deje en paz mirándome a los ojos y trata de ser convincente.

¿No estarás pensando en desaparecer sin tener la cortesía de mandarme al carajo verdad?

Santiago.

3 de abril de 1981

Y después de algún tiempo de tinta y papel, se me ocurre que el problema es no haberte escrito alguna vez una carta de amor. Cursi, bien cursi, en hojas estampadas de flores, rociadas de algún perfume dulzón y salpicadas de esas lágrimas que en tu absoluta crueldad dices que uso para defenderme. Una carta que te haga decidirte, por fin, a desaparecer del todo, que te haga sentir incapaz de permanecer, aunque sea a medias, junto a una mujer tan imposiblemente ridícula.
No sé por qué no lo he hecho. No habría sido tan difícil con Luis. Es a él a quién imagino en mis delirios de escritora, él el destinatario platónico de cada poema empalagoso que no te permito leer y que siempre terminas descubriendo.
Tú, Santiago, no me inspiras poesía, sino unas ganas irracionales de morderte el labio inferior. Se me ocurre que, tal vez, ese es el problema: las cartas que queman, las palabras que rasgan, las letras envenenadas. La verdad descarnada en cada uno de los trazos de este miserable y escuálido bolígrafo.
Podría escribirte, por ejemplo, que estoy enamorada de esa faceta tuya, aniñada y tierna, que hábilmente intentas esconder de todos los que te rodean. Podría decir que, incluso cuando me haces enfurecer, te perdono mil veces al escuchar el compás de tu respiración mientras duermes. Podría hacerte saber que hay noches que me imagino, contra todo pronóstico, de blanco y bailando contigo esa canción que no tenemos, que quizá no tendremos nunca.
Se me ocurre que, a lo mejor, si escribiera todas esas cosas, te cansarías por fin, te darías cuenta de que ya no hay nada en mí que conquistar (porque soy desde hace mucho tiempo –y sin quererlo- tuya) y te irías, y así yo podría sentirme libre y odiarte del todo, no como ahora, que por más que lo intento sólo puedo odiarte de a poquito, a ratos, porque únicamente a ratos me abandonas, porque nada más algunas veces dices que lloro como defensa. 
Se me ocurre que, en realidad, no puedes siquiera imaginar que cuando lloro, es sólo de rabia: rabia de saber que, si alguna vez te escribiera una carta de amor, entonces sí. Entonces me dejarías para siempre. Y no habría, después de eso, nada que escribir... porque una cosa es que no inspires poesía. Y otra muy distinta es que no estén contenidas en ti todas mis ganas de palabras.


E.


5 de enero de 1970

Me cuesta trabajo escribirte sin que las letras se me doblen, sin que las palabras me queden muy grandes o demasiado pequeñas. No quiero hablarte de amor, cuando leo ese verbo siento como si estuviera metiendo la mano en un estanque lleno de pirañas, pero tampoco quiero usar cuasi sinónimos idiotas como “cariño”. Uno le tiene cariño a su reloj o a sus tortugas y Dios está de testigo que nunca hice con mis mascotas lo que hago contigo (será una de las pocas cosas de las que no podrán acusarme).

Y no es que me dé miedo lanzarme de cabeza al lugar común, después de todo los únicos destinatarios de estas letras son tus ojos y al leer lo que te escribo, la única risa burlona que estrella el silencio del cuarto es la tuya y me gusta tanto tu risa, que ni siquiera me importa que la lances a volar para mofarte de las vueltas que le estoy dando a las palabras para no decirte la única que importa y que tengo atragantada en la tráquea.

Ya no puedo escribir de corrido, ahora me detengo cada dos segundos y me quedo pensando en tus gestos, en la cara que vas a poner cuando yo te escriba esto o lo otro; anticiparte no es tan difícil como tú piensas, por lo menos no para mí. Sé cuándo te vas a llevar la mano derecha a los labios para que no se te escape una carcajada, sé cómo y por qué vas a doblar la hoja de papel entre tus manos como si tapando la tinta dejara de herirte o de hacerte sonrojar.

El verdadero problema es que no quiero tenerte a la mano, no quiero ser tu abrazo fácil, tu palabra cotidiana, tu café doble cargado de rutina a las siete de la mañana. Yo quiero ser el otro, el que no te deja dormir, el que ya se ha marchado cuando abres los ojos a la hora de la resaca y los reproches, el que no fue invitado a la primera comunión de tus sobrinos, el que te desnuda a gritos y no paso a paso como si repitiera, por milésima vez, la rutina aprendida de un acto de circo.

No quiero que tu risa de estruendo se vuelva tan monótona que termine convirtiéndose en una súplica inaudible, no quiero escucharte llorar despacio, sin hacer ruido, sin esperanza. No quiero, no quiero quererte de ese modo, me queda grande el traje de hombre responsable y a ti te queda chica la falda de mujer recatada y formal.

Inventemos una palabra para no querernos como todo el mundo: te propongo algo así como… “Rúcula”. Sí, ya sé que la palabra ya existe y significa otra cosa, pero nosotros no hablamos de lechuga sino de la antítesis de la palabra amor.

¿Te gusta? No, claro que no, quítate la mano de los labios, ya sé que estás a punto de reírte como hiena. Por lo menos yo hago el intento. ¿Tú que propones?

Santiago.

26 de junio de 1989

Hay algo en su espalda que a veces no me deja dormir. He respetado ciegamente esa regla tuya de no escribirte jamás su nombre, de fingir que en estas cartas él no existe y estamos sólo tú yo, ahogándonos, como siempre, en nuestro  infinito mar de tinta. Tus reglas funcionan algunas veces. Ésta te sirve a ti para ignorar que todas las noches duermo con él y a mí para olvidar que cada cierto tiempo, al momento de tomar la pluma, profano espectacularmente el sagrado sacramento del que con tanta frecuencia te burlas.
El nombre es una cosa, el nombre no lo escribo. Pero la espalda sigue ahí, con o sin su nombre, y esta noche no puedo pretender que no la veo. Su espalda me recuerda que cada una de estas palabras es una traición.
No sé en qué momento me volví tan culpígena. Es posible que todo empezara con Luis, aunque en esa época era a ti al que le costaba más trabajo. Tú eras entonces el del insomnio, el de los silencios huecos y la sonrisa triste, el poseedor de la certeza insoportable de haber seducido –¡qué simple y qué trillado!- a la mujer de tu amigo. Para mí la culpa era distinta, nunca tuve la sensación completa de estar haciéndole daño, no me costó trabajo aparentar que eras tú el que me sedujo y no al revés. Lo que me dolía era saberme responsable de tus tribulaciones, tu tormento, tu inacabable cargo de conciencia. Pero sí, puede ser que a los diecisiete años se haya alojado en algún lugar de mi inconsciente que el amor era esto: unas gotas de omisión, varias mentiras, traiciones en el paladar y secretos en las yemas de los dedos. El amor era, como sugeriste tanto tiempo más tarde, algo bastante más parecido a una lechuga.

¿Cuándo fue que lo hicimos tan complicado? ¿Cuándo fue que, además de la malsana costumbre de herirnos el uno al otro, decidimos que lo consecuente era herir a los demás? ¿Cómo hicimos para destruir y destruirnos hasta permitir que entre los dos no hubiera nada más que cartas culpables? Cartas y una historia que ni siquiera es lo suficientemente tormentosa como para inspirar la telenovela que hemos inventado que son nuestras vidas...
Tantas letras hay ya de por medio que es casi imposible distinguir entre el tiempo que estuvimos juntos y el tiempo en el que aprendimos –o decidimos- que la única forma de estarlo realmente era leyéndonos.

Al mirar su espalda esta noche me di cuenta de pronto de que no recuerdo la tuya y, peor todavía, de que tal vez no puedo acordarme porque en realidad no la conozco más allá de lo táctil, más allá de mis manos recorriéndola de memoria, sin haberla visto de verdad. Tú nunca me diste la espalda mientras dormías porque tú y yo no dormíamos, no nos dábamos un beso de buenas noches ni nos tocábamos los pies por debajo de las sábanas. Nuestras noches eran todas beso y todas fuego, todas ron y Enrique Guzmán destazando “Pon tu cabeza en mi hombro” sin que mi cabeza alcanzara, nunca, el reposo de tu hombro, por estar perdida en otros lugares (bastante más cuestionables) de tu anatomía.

Pero todo esto tú ya lo sabes y, como también debes haber adivinado ya, mis palabras no tienen hoy otro propósito que regodearme en la culpa que desde hace tanto tiempo es la protagonista principal de las letras que intercambiamos. Culpa por no haberte sabido perdonar del todo. Culpa por haber llevado tan lejos mi venganza que se volvió imposible que me perdonaras tú a mí. Culpa por acordarme de ti mientras contemplo la espalda que mañana va a darse la vuelta y darme los buenos días. Y, sobre todo, culpa porque no puedo esperar a que me escribas y me digas que tú también te sientes un poco culpable.
E.

2 de julio de 1989

  ¿Yo puse esa regla de los nombres? Podría jurar que fuiste tú. Siempre estuviste obsesionada con ellos, por lo menos con el tuyo. Cuando a mí me daba por ponerme cursi y llamarte “guapa” o “flaca”, se te descomponía la cara y marcando cada letra me decías: -Me llamo Emilia, ¡E-MI-LIA!- ¿Te acuerdas? No sé si algún día te hiciste el tatuaje que prometiste durante tanto tiempo, pero yo pensaba que si te hacías uno, debería de ser tu nombre marcado en la frente.
A mí también me gusta tu nombre, todavía, cuando las horas de oficina me matan de tedio, lo escribo en las hojas de papel a cuadros junto al logotipo de la empresa. Una vez lo dije en voz alta, lo arranqué de la hoja y después de masticarlo unas veinte veces me lo tragué como si fuera una aspirina. –Perdón pero es que este nombre es mío.–Dije ante la mirada de asco de una de las secretarias, quien seguro me levantó ya un oficio por comerme el material de trabajo.
Pero volvamos a lo nuestro E-MI-LIA, los nombres son una cosa pero las espaldas… esas no pueden comerse en hojas de papel, ellas permanecen como el tatuaje que estoy seguro que nunca te hiciste, subsisten en algún rincón donde el cerebro guarda ese tipo de cosas inútiles. Tal vez tú no recuerdes mi espalda porque no tiene nada de memorable, porque nació para recargarse en las sillas incómodas de despachos obscuros, pero la tuya era perfecta, dibujaba piedras dentro de tu piel cuando te enroscabas de frío debajo de las sábanas; hacía añicos las blusas y los sostenes cuando te erguías como una cobra para clavarme los colmillos.
Claro que dormíamos, sólo que tú dormías despierta, jadeabas y dabas vueltas furiosas sobre las camas baratas y sucias de los hoteles de paso. Tal vez soñabas, como el cubano, con serpientes de mar o con funcionarios de corbatas rojas que venían a cortarte las alas, y tú las defendías pluma por pluma, desde los lunares que marcaban bajo tu nuca un triangulo equilátero perfecto, hasta la línea indeleble donde terminaba la espalada y comenzaban otras partes (nada cuestionables) de tu anatomía; y mientras tú luchabas en sueños contra un ejército de tijeras, yo te miraba hipnotizado porque tu espalda era justo eso, una encantadora de serpientes.
Por eso me duele que hayas ido por voluntad propia al peluquero a pedirle que te dejara las alas a rape, porque una cosa es que no supieras volar y otra muy diferente que no estuvieras equipada para hacerlo. ¿Quieres hablar de culpas? Tengo tres millones para regalarte, pero quizá esa es la que más me duele, no haber estado ahí cuando decidiste tocar a la puerta de Jack el Destripador (o de un cura de iglesia da lo mismo) que no buscaba sacarte las entrañas sino desplumarte.
Dile a esa espalda sin nombre que te da los buenos días todas las mañanas que no nos insulte, que no nos venga con frases hechas y vacías, que contigo no existen los buenos días porque tú no duermes, aunque sueñes toda la noche que te mato o que aprietas fuerte los labios para no gritarle a tus soldados que me fusilen y terminen de una buena vez con este burócrata de corbata roja, que va por la vida coleccionando espaldas y cortando alas, sólo para tratar de reunir el valor suficiente para regalarte unas nuevas que no se derritan con el sol de la tarde.
¿Hace cuánto tiempo, E-MI-LIA, que tu espalda no se arquea y se pone en pie de guerra para inyectar las primeras gotas de veneno en alguna carótida indefensa?
Santiago.