26 de junio de 1989

Hay algo en su espalda que a veces no me deja dormir. He respetado ciegamente esa regla tuya de no escribirte jamás su nombre, de fingir que en estas cartas él no existe y estamos sólo tú yo, ahogándonos, como siempre, en nuestro  infinito mar de tinta. Tus reglas funcionan algunas veces. Ésta te sirve a ti para ignorar que todas las noches duermo con él y a mí para olvidar que cada cierto tiempo, al momento de tomar la pluma, profano espectacularmente el sagrado sacramento del que con tanta frecuencia te burlas.
El nombre es una cosa, el nombre no lo escribo. Pero la espalda sigue ahí, con o sin su nombre, y esta noche no puedo pretender que no la veo. Su espalda me recuerda que cada una de estas palabras es una traición.
No sé en qué momento me volví tan culpígena. Es posible que todo empezara con Luis, aunque en esa época era a ti al que le costaba más trabajo. Tú eras entonces el del insomnio, el de los silencios huecos y la sonrisa triste, el poseedor de la certeza insoportable de haber seducido –¡qué simple y qué trillado!- a la mujer de tu amigo. Para mí la culpa era distinta, nunca tuve la sensación completa de estar haciéndole daño, no me costó trabajo aparentar que eras tú el que me sedujo y no al revés. Lo que me dolía era saberme responsable de tus tribulaciones, tu tormento, tu inacabable cargo de conciencia. Pero sí, puede ser que a los diecisiete años se haya alojado en algún lugar de mi inconsciente que el amor era esto: unas gotas de omisión, varias mentiras, traiciones en el paladar y secretos en las yemas de los dedos. El amor era, como sugeriste tanto tiempo más tarde, algo bastante más parecido a una lechuga.

¿Cuándo fue que lo hicimos tan complicado? ¿Cuándo fue que, además de la malsana costumbre de herirnos el uno al otro, decidimos que lo consecuente era herir a los demás? ¿Cómo hicimos para destruir y destruirnos hasta permitir que entre los dos no hubiera nada más que cartas culpables? Cartas y una historia que ni siquiera es lo suficientemente tormentosa como para inspirar la telenovela que hemos inventado que son nuestras vidas...
Tantas letras hay ya de por medio que es casi imposible distinguir entre el tiempo que estuvimos juntos y el tiempo en el que aprendimos –o decidimos- que la única forma de estarlo realmente era leyéndonos.

Al mirar su espalda esta noche me di cuenta de pronto de que no recuerdo la tuya y, peor todavía, de que tal vez no puedo acordarme porque en realidad no la conozco más allá de lo táctil, más allá de mis manos recorriéndola de memoria, sin haberla visto de verdad. Tú nunca me diste la espalda mientras dormías porque tú y yo no dormíamos, no nos dábamos un beso de buenas noches ni nos tocábamos los pies por debajo de las sábanas. Nuestras noches eran todas beso y todas fuego, todas ron y Enrique Guzmán destazando “Pon tu cabeza en mi hombro” sin que mi cabeza alcanzara, nunca, el reposo de tu hombro, por estar perdida en otros lugares (bastante más cuestionables) de tu anatomía.

Pero todo esto tú ya lo sabes y, como también debes haber adivinado ya, mis palabras no tienen hoy otro propósito que regodearme en la culpa que desde hace tanto tiempo es la protagonista principal de las letras que intercambiamos. Culpa por no haberte sabido perdonar del todo. Culpa por haber llevado tan lejos mi venganza que se volvió imposible que me perdonaras tú a mí. Culpa por acordarme de ti mientras contemplo la espalda que mañana va a darse la vuelta y darme los buenos días. Y, sobre todo, culpa porque no puedo esperar a que me escribas y me digas que tú también te sientes un poco culpable.
E.

2 de julio de 1989

  ¿Yo puse esa regla de los nombres? Podría jurar que fuiste tú. Siempre estuviste obsesionada con ellos, por lo menos con el tuyo. Cuando a mí me daba por ponerme cursi y llamarte “guapa” o “flaca”, se te descomponía la cara y marcando cada letra me decías: -Me llamo Emilia, ¡E-MI-LIA!- ¿Te acuerdas? No sé si algún día te hiciste el tatuaje que prometiste durante tanto tiempo, pero yo pensaba que si te hacías uno, debería de ser tu nombre marcado en la frente.
A mí también me gusta tu nombre, todavía, cuando las horas de oficina me matan de tedio, lo escribo en las hojas de papel a cuadros junto al logotipo de la empresa. Una vez lo dije en voz alta, lo arranqué de la hoja y después de masticarlo unas veinte veces me lo tragué como si fuera una aspirina. –Perdón pero es que este nombre es mío.–Dije ante la mirada de asco de una de las secretarias, quien seguro me levantó ya un oficio por comerme el material de trabajo.
Pero volvamos a lo nuestro E-MI-LIA, los nombres son una cosa pero las espaldas… esas no pueden comerse en hojas de papel, ellas permanecen como el tatuaje que estoy seguro que nunca te hiciste, subsisten en algún rincón donde el cerebro guarda ese tipo de cosas inútiles. Tal vez tú no recuerdes mi espalda porque no tiene nada de memorable, porque nació para recargarse en las sillas incómodas de despachos obscuros, pero la tuya era perfecta, dibujaba piedras dentro de tu piel cuando te enroscabas de frío debajo de las sábanas; hacía añicos las blusas y los sostenes cuando te erguías como una cobra para clavarme los colmillos.
Claro que dormíamos, sólo que tú dormías despierta, jadeabas y dabas vueltas furiosas sobre las camas baratas y sucias de los hoteles de paso. Tal vez soñabas, como el cubano, con serpientes de mar o con funcionarios de corbatas rojas que venían a cortarte las alas, y tú las defendías pluma por pluma, desde los lunares que marcaban bajo tu nuca un triangulo equilátero perfecto, hasta la línea indeleble donde terminaba la espalada y comenzaban otras partes (nada cuestionables) de tu anatomía; y mientras tú luchabas en sueños contra un ejército de tijeras, yo te miraba hipnotizado porque tu espalda era justo eso, una encantadora de serpientes.
Por eso me duele que hayas ido por voluntad propia al peluquero a pedirle que te dejara las alas a rape, porque una cosa es que no supieras volar y otra muy diferente que no estuvieras equipada para hacerlo. ¿Quieres hablar de culpas? Tengo tres millones para regalarte, pero quizá esa es la que más me duele, no haber estado ahí cuando decidiste tocar a la puerta de Jack el Destripador (o de un cura de iglesia da lo mismo) que no buscaba sacarte las entrañas sino desplumarte.
Dile a esa espalda sin nombre que te da los buenos días todas las mañanas que no nos insulte, que no nos venga con frases hechas y vacías, que contigo no existen los buenos días porque tú no duermes, aunque sueñes toda la noche que te mato o que aprietas fuerte los labios para no gritarle a tus soldados que me fusilen y terminen de una buena vez con este burócrata de corbata roja, que va por la vida coleccionando espaldas y cortando alas, sólo para tratar de reunir el valor suficiente para regalarte unas nuevas que no se derritan con el sol de la tarde.
¿Hace cuánto tiempo, E-MI-LIA, que tu espalda no se arquea y se pone en pie de guerra para inyectar las primeras gotas de veneno en alguna carótida indefensa?
Santiago.

22 de septiembre de 1989



Me enredas, Santiago, y te enredas. Es posible que escuchar tantas veces a Silvio te haya hecho mezclar de pronto las imágenes, hacer de mi espalda una encantadora de víboras mientras mi cuerpo entero se dibuja en tu cabeza como una cobra emplumada. Espalda que encanta a la serpiente y serpiente al mismo tiempo: yo, el uróboro eterno. Y no sé si alegrarme de que me recuerdes infinita o recordarte yo a ti que me agoto todos los días y lo único que queda, algunas noches, es esa tinta que te tragas con los restos de mi nombre en hojas membretadas. La misma tinta que dibuja las palabras que están siempre entre tú y yo, cómplices pero, también, custodias de un encuentro progresivamente más improbable. El uróboro es también la lucha inútil.
Hoy, para variar, no voy a culparte de nada, porque aunque sé de sobra que –digas lo que digas- lo que de fondo no perdonas (tú, alma de poeta argentino en cuerpo de burócrata) es que no supiera volar, reconozco el esfuerzo que implican tus ganas de querer regalarme alas nuevas. Si las tuviera sé exactamente a dónde volaría, con la única condición de que esta vez tú volaras conmigo y no hubiera ya necesidad de preguntar, con tan absoluta impertinencia, cuánto tiempo hace que mi espalda no se arquea, dispuesta al ataque de la única carótida posible, la tuya.
Pero mientras tanto te hago caso y, como de costumbre, te sigo el juego, ignoro la espalda tangible y también la frase hecha que la acompaña para responder directamente a la afrenta, al reclamo del día en que, como bien dices, me sometí voluntariamente a cambiar las alas por la rutina que tanto asco te dio siempre. Tienes razón: la culpa, al menos la de esta carta, la culpa de esta tarde, es mía. Pero te equivocas en los motivos: lo que a mí me provoca el insomnio intermitente no es haberme puesto un velo y canjeado mis plumas por tardes de domingo. Al contrario de lo que tú crees, la vida cuando tienes los pies bien anclados en la tierra no resulta tan difícil y el café recién hecho sabe a veces mejor que el whiskey de las tres de la mañana. No duele, en realidad, estar a ras del suelo, lo que pesa es justamente no saber renunciar a despegar, otra vez, un martes cualquiera. Y es que, si pudiera siquiera planear un poquito, sé que volvería a sentarme en la misma cafetería de cuarta, volvería a atiborrar hojas gigantes con poemas diminutos y, sobre todo, volvería a sonreírle a Luis de aquella manera idiota que lo llevó a proponerme cambiar el café aguado por una copa en el bar de enfrente, donde tú te mesabas la barba con esa pedantería que, hoy lo sé, no era más que el reflejo de tus nervios. Y, como también eso lo sabría, no perdería el tiempo en pensar que eras un tipo insufrible, ni me levantaría para bailar “Siluetas” con Luis, ni pasaría después meses jugando a ser la serpiente de uno mientras le clavaba los colmillos al otro. Volaría contigo, Santiago, desde el principio, sin obsesionarme con los nombres, ni con las espaldas, ni con las corbatas rojas. Puedes estar tranquilo: por mucho que me guste sentir cerca el piso, yo tampoco me perdonaré, nunca, no haber sabido volar. Pero no creas que eres el único capaz de hacer preguntas impertinentes. Si yo pudiera volar, Santiago, ¿te atreverías esta vez a volar conmigo?
¡E-MI-LIA!

10 de noviembre de 1989

Tal vez te parezca imposible, pero mientras te escribo esta carta maltrecha, estoy tomando un americano que sabe peor que el que tú te llevabas a la boca cuando jugabas a ser poeta en esa cafetería junto a la Universidad. No me he atrevido a llamar al gerente y armar el escándalo que este brebaje asqueroso amerita, porque estoy seguro de que, a pesar de los pesares, terminaré tomándome otra taza, y no quiero que este horrendo “Nescafé” recalentado contenga además, fluidos corporales del mesero que me ha estado observando la última media hora escribir y arrancar hojas de mi cuaderno como quien mira a un simio tratando de escapar de su jaula.
No te preocupes, no es mi intención emborronar cuartillas con trivialidades de domingos tercos. Te cuento esto porque aún me golpea el cráneo la frase lapidaria de tu última carta, eso de que el café recién hecho sabe a veces mejor que el whiskey de las tres de la mañana. Creo que todo es cuestión de enfoques querida, perdón, Emilia; habría que ver primero de qué café y de qué whiskey estamos hablando, además a las tres de la mañana muy pocas cosas saben bien, el café le lleva en ese aspecto muchas horas de ventaja al whiskey. Reconozco que eres una autoridad en casi todo lo que tiene que ver con las cosas buenas de la vida, pero hay que aceptar que tu gusto para seleccionar el café es (al igual que el mío), bastante pobre, algo que no ocurría, por cierto, con las botellas de whiskey que te robabas de la cantina de tus papás; eran tan buenas que ni siquiera Winston Churchill se hubiera atrevido a ponerles un pero.
Además, a diferencia del café, el whiskey nos permitía hacer una de las cosas que mejor hacíamos: quedarnos callados. Tal vez así fue como empezó todo este asunto de las cartas, cuando entendimos que necesitábamos el silencio, cuando dejamos de hablar y aprendimos a vernos, a tocarnos con los ojos… “Las horas perdidas”, las llamabas tú ¿te acuerdas? Era todo un ritual, primero escogíamos los discos, poníamos los vasos y la hielera sobre la mesa, en el centro una botella verde golpeaba la luz y te hería la mitad de la cara y así, con cada bocanada de humo que salía de tu boca, parecía que fumabas hierbas de colores. Después nos sentábamos uno frente al otro, como si fuéramos a jugar una partida de ajedrez con un tablero invisible; no había manos entrelazadas, ni piernas tocándose debajo de la mesa, solo música y el ansiado silencio, interrumpido de vez en cuando por tu voz cantando alguna estrofa de “La plaga”, de los Teen Tops, o de la mía recitando entre dientes por enésima vez: The answer is blowin’ in the wind.
Y después tú, tu cuerpo, la serpiente, el uróboro eterno… Siempre te gustaron las palabras raras, a mí también, la diferencia es que cuando yo las digo suenan impostadas, falsas, como si las hubiera estado ensayando toda la noche, en cambio a ti te salen naturales, perfectas. Más de una vez, después de discutir contigo tuve que llegar a mi casa y consultar el diccionario para darme cuenta de que, en realidad, no me estabas insultando cuando dijiste tal o cual cosa, o sí, dependiendo del caso. Reconozco que después de leer y doblar tu carta, pienso en la palabra “uróboro” y muero de envidia -¿por qué no se me ocurrió a mí?- me reprocho. Trato de hacer planes para ver cómo y con quién puedo utilizarla, pero dudo mucho que pueda añadir un uróboro a los folios de los casos archivados de la empresa, que si lo piensas bien son precisamente eso.
¿Que si volaría contigo? Lo hago todas las noches anclado como una isla al colchón de mi cama. Pero dejemos a Girondo fuera de estas letras, sabes de sobra que literalmente me dan miedo los espantapájaros, además callar fue siempre más importante que volar para nosotros. El verdadero problema, Emilia, no es si volamos o no, es que somos aves distintas; tú regresas al nido todas las noches, mientras yo emigro al sur y me quedo perdido en alguna ráfaga de viento.
A diferencia de ti, yo no le movería ni un pelo al recuerdo del que me hago ilusiones de acordarme todavía. Me mesaría (otra palabra de las que te salen como si cualquier cosa) la barba de la misma manera absurda que cuando entraste por primera vez al bar, lo haría porque me gustaba cómo me mirabas cuando pensabas que era un tipo insufrible (¿ya no lo piensas?), te dejaría bailar “Siluetas” con Luis de la forma más ridícula en que alguien puede tratar de llevar el ritmo de una canción como esa, te dejaría ser su serpiente porque solo así te cambiaban los ojos de color antes de clavarme los colmillos, te volvería a robar el mismo beso y recibiría sin problemas el mismo gancho a la quijada que me hizo caer de la silla (nadie podrá negar nunca que el cliché nos persigue).
No le huyo a la culpa, que es últimamente nuestra palabra favorita y que no tiene ni la mitad del encanto de las otras que te vienen tan seguido a la mente. Yo me fui porque me dio la gana, así, sin explicaciones, sin alas y sin uróboros. Me largué porque entendí que tú tenías la capacidad de vivir y que yo solo sabía sobrevivir, y para hacerlo tenía que irme, dejarte, olvidarme de tus ojos verdes más claros que las botellas de whiskey, no pensar más en Luis y en la mala y absurda tragicomedia que nos habíamos montado. Me fui porque creí que TENÍA que hacerlo, porque me gustaba ser dramático, porque aún tenía energía para ser tajante, porque me pareció de muy buen gusto echarle a mi trago unas gotas de veneno que no salieran de tus colmillos expertos y anestésicos. Me largué por idiota. Mea culpa, y con eso no se resuelve nada.
Tal vez la pregunta impertinente que termine por fin esta carta (la amenaza de una tercera taza de “café” sigue latente), sea esta: ¿Por qué, Emilia uróboro, decidiste domesticarte en lugar de salir a cazar ratas o fantasmas? ¿De verdad lo que sentiste cuando te dejé fue rencor? O solo el alivio pausado de saber que ahora que me quitaba de en medio, podías hacer tu vida de esposa y de serpiente perfecta pero inofensiva.
Santiago.


3 de diciembre de 1989

¿Y si tienes razón, Santiago? Pocas cosas me aterrorizan tanto como pensar que esta vez no te equivocas, que no hay discusión que valga y la verdadera imposibilidad, el problema de fondo (y de forma, y hasta de contenido) que ha existido siempre entre tú y yo es, justamente, que somos aves distintas. ¿De qué sirven entonces tantas horas muertas si, al final, resulta que no somos más que un par de locos que juegan a identificarse con reptiles alados, incapaces de aceptar que lo único que tienen en común es el silencio? ¿Aprendimos de verdad a tocarnos con los ojos o, al contrario, cargamos toneladas de papel en la conciencia –y detrás de los párpados– porque ha sido, desde el principio, inevitable hablarnos sin darle a cada palabra veintisiete vueltas? 
Me canso de imaginar que todo podría ser distinto. De pensar que podría escribirte, sin adornar ni media letra, que nos dejemos ya de retruécanos y vengas a encontrarme de una vez las cosquillas. Para que veas que sí, que yo también me río. 
    Me canso de perseguir horas que, como bien recuerdas, tuve el mal gusto de asesinar desde el principio. De pensar que algo dejamos olvidado en el fondo de tanta botella robada. ¿Qué más da la exquisitez del whiskey? ¿Qué importa que hubiéramos aprendido el infinito valor de no decirnos nada? Y si hubiéramos cambiado el poético silencio por una plática prosaica... ¿si hubiéramos volado en lugar de callarnos?
    Es posible que sí, que haya nacido entonces lo de las cartas. Casi puedo escucharte mientras decidías inmortalizarnos en un epistolario. Casi puedo escucharme pensando en voz alta que claro, que era cuestión de liberar de algún tintero a la culpa que nos convertía en clichés andantes. ¿Qué es lo que hemos inmortalizado, Santiago? 
     Me canso de llevarle la contraria a Dylan, ahora que soy yo la que lo escucha (y que los Teen Tops se han vuelto un placer culpable), cuando me asegura –como tú, contigo– que, de todas formas, it ain’t no use to sit and wonder why, babe...
   Es muy cansado recordarme y recordarte, retocando las imágenes mentales que tú insistes en dejar intactas, para intentar que de una vez por todas encajen los pedazos del rompecabezas. Y todo, para que después llegues tú a escribir que no: que con la memoria no se juega, que no va a encajar nunca... o que faltan piezas. Que somos aves distintas.
    Si vuelvo a la metáfora es porque no me gusta sentirme derrotada, y me gusta todavía menos pensar que voy a ser capaz por fin de descarnarme en estas líneas para que dentro de tres meses me contestes, sobrio y elocuente, con un nuevo despliegue de la más exasperante retórica que se ha visto jamás en hojas con membrete. Nunca, Santiago, (y esto grábatelo bien) vas a dejar de ser un tipo insufrible. (Sólo quiero decir que, si pudiera hacerlo todo de nuevo, no gastaría un segundo pensando obviedades).
Más insufrible que nunca. Tanto como para preguntar si cuando te largaste sentí alivio y no darte cuenta (qué cosa más ridícula), de que toda desaparición tiene matices y la tuya fue de un estrépito lamentable, pero de poca consistencia. Estás aquí, amontonado en sobres, desde hace casi veinte años. ¿De qué te olvidaste? ¿Cuándo fue que te quitaste definitivamente de en medio? Claro que no se resuelve nada: ser tajante, aunque fuera sólo por el enorme placer de resultar dramático, implicaba esfumarte del todo. Reaparecer tiempo después a compartir el veneno es lo que causa, en realidad, rencor. Y el hecho de que yo lo haya bebido sin chistar sólo demuestra que tampoco tenía la capacidad de vivir totalmente. Por eso me la inventé. Nostra culpa, no te confundas. Que tú seas un imbécil no me hace a mí mucho más lista. ¿O de veras crees que si decidí, como tú dices, domesticarme, no tuvo nada que ver con mi propia necesidad de dramatismo?
Lo que no logro comprender es que me acuses de no haber salido a cazar fantasmas. Cada vez que levanto la pluma persigo los nuestros. Casi siempre los encuentro. Tú te ves demasiado pálido y la barba te queda peor que de costumbre. Pero –eso sí– el cigarro que se eterniza en tu boca compensa contundentemente la facha de tu espectro. Yo, en cambio, estoy encantadora: piernas de mármol, tres cuadernos bajo el brazo y la ilusión de ser poeta. Lo bueno de las ánimas es que no pesan: te es más fácil que nunca levantarme de cualquier parte atrapando mi cintura. Y entonces hasta yo puedo ver las plumas asomando en mi espalda que se contorsiona debajo de tus manos. Yo también extraño las alas, idiota.
La verdad es que hay poca adrenalina en saber dónde están los fantasmas de uno, y no es tan gratificante cazarlos si sólo van a volver a escaparse. Que te quede claro: no hay nada inofensivo en saberse serpiente. Y estoy harta de que, con cada nueva impertinencia, me lo recuerdes.

Emilia. 

08 de enero de 1990


Si hubiera recibido tu carta, que descansa ahora junto a una pequeña lámpara verde (como tus ojos, como nuestras botellas de whiskey), hace diez años, la vuelta de correo que llegaría al buzón de tu casa sería completamente distinta a la que vas a sostener pronto entre tus manos.

No te voy a mentir, cuando terminé de leer tus letras azules y perfectas, apagué el cigarro de un manotazo y doblé el papel entre mis manos como tratando de exprimirle las últimas gotas de veneno que habías dejado caer en los puntos suspensivos. Hace un rato la saqué del bote de basura, la releí, la puse junto a la lámpara, prendí otro cigarro y no pude evitar que se me escapara una sonrisa (de esas que tú siempre consideraste burlonas y que, a estas alturas, no pienso detenerme a tratar de convencerte de lo contrario). Emilia uróboro está enojada…

No es que me sorprenda demasiado. Después de todo, mi capacidad para sacarte de quicio es una constante que ha sobrevivido a nuestra historia (tu carta lo confirma), pero me gusta saber que todavía despierto en ti esos arranques de furia, escrita o a mano limpia. Me gusta darme cuenta que, de tan insufrible, no puedo, ni podré, serte indiferente…

Nos podríamos subir una vez más al ring, aunque sé, por duras experiencias, que tienes un revés de piedra que hubiera hecho desmoronarse a Muhammad Ali en el primer asalto, pero tienes que admitir que también me conozco algunos trucos, que  puedo dejar que me golpees durante toda la pelea y lanzarme como toro en los últimos treinta segundos. Sabes que si no me noqueas pronto, puedo ir a buscarte las cosquillas pero con un gancho al hígado, ese que sufre tanto con mi “exasperante retórica”.

Hoy no me subo al cuadrilátero, Emilia, esta noche pierdo por decisión antes de comenzar la pelea, porque aunque tu carta pida a gritos la muerte del mensajero y una respuesta escandalosa, mi cerebro de burócrata me ha jugado una mala broma y vino con el recuerdo exacto de la última vez que te vi. Tuvo, literalmente, que moverse la tierra para que nos encontráramos.

Tú también te acuerdas y seguro ahora que lo escribo te tiembla un poco el pulso (no sé si lo suficiente como para quitarte los guantes de box). Fue hace casi diez años: era un septiembre burlón y en mi mañana de rutinaria esclavitud, salí a la calle y vi cómo la ciudad se hacía pedazos. Conseguí con un amigo común tu número; en todos lados se escuchaba la palabra terremoto, pero en mi mente sólo había un eco que repetía tu nombre.

Esa fue la primera y única vez que hablamos por teléfono. La línea sonó por un par de segundos, después escuché tu voz temblorosa, cuando el eco se volvió palabra y logré decirte: “Emilia”. Tú me respondiste con un insulto memorable: “¡Idiota!”. Lo gritaste con todos los pulmones (creo que por eso tu carta me llevó hasta ese día) y luego escuché, durante diez minutos, tu llanto, uno que venía desde los lugares y las horas que ambos habíamos olvidado de tanto tratar de recordarlos.

Como todo en nuestra historia es un chiste malo, esa tarde terminamos en un hotel (ya no tan de quinta pero hotel al fin) para arrancarnos la ropa mientras la ciudad arrancaba a sus muertos debajo de vigas dobladas y pedazos de hormigón. No sé si es cierta esa leyenda de que cada vez que alguien va a un funeral sale a tener sexo, pero ese día, en el funeral más grande que me ha tocado vivir, tú, disfrazada de señora, rompiste una vez más los botones de tu blusa y mis manos oxidadas encontraron de nuevo tu espalda, aunque no tus plumas.

Yo estaba (estoy) ajado y casi sin aliento. No recuerdo si tú eras como te describes cuando dices que sales a cazar fantasmas, “encantadora y con piernas de mármol”. De lo que sí me acuerdo es que tu rostro era distinto, te habías vuelto más dura, tus facciones eran rígidas y yo trataba de encontrar ese dejo de inocencia que antes tenías, mientras tus uñas me destrozaban la espalda, seguramente por última vez.

No era solamente que fuéramos más viejos y estuviéramos menos dispuestos al estruendo –de cualquier manera tus espasmos seguían siendo los mismos y tus colmillos no fallaron una sola mordida– el asunto iba más allá, venía desde un lugar más profundo. Creo que esa tarde fue la primera vez que de verdad sentí que estaba tratando de resistir los embates de una serpiente que no era mía.

Con Luis las cosas eran diferentes, por más que el remordimiento me despertara en las madrugadas y me hiciera amargos los tragos y el dominó, nunca te sentí realmente como suya, estaba seguro de que esa contorsión de tu espalda y el sudor que resbalaba por tu rostro los guardabas exclusivamente para mí. En cambio esa tarde de 1985, me pareció que al estar conmigo también estabas en muchos otros lugares al mismo tiempo, en muchas otras mentes que exigían tu atención y apagaban los golpes de la cabecera contra la pared.

¿Qué tiene que ver esto con todo lo demás? ¿Con mis desapariciones fallidas? ¿Con tus letras llenas de cicuta? ¿Con la nula adrenalina con la que persigues fantasmas? ¿Con mi presencia amontonada en sobres que se empolvan en algún cajón de tu casa? ¿Con la afirmación, dolorosa y estúpida de que somos aves distintas? Nada, Emilia, absolutamente NADA, es sólo que el recuerdo es tan urgente que dejarlo pasar sería como dejar de escribirte; que la historia, nuestra historia, es tan absurda y cursi que si no la pongo en papel terminaría convenciéndome (como lo he intentado ya tantas veces) de que nunca ocurrió.

Nos sobra tinta para alistarnos antes de que suene la campana y volvamos repartirnos golpes, eso sí, no creo que exista un réferi en el mundo que logre separarnos al momento del abrazo. Dicen que la venganza se sirve fría, tú ya puedes ir llenando de escarcha tus letras. Los recuerdos, en cambio, se beben en vasos enormes que te anegan de a poco los días y los pulmones, yo me quito el salvavidas para mirar cómo se hunde el barco.

¿Otra pregunta impertinente? ¿En qué estabas pensando cuando me citaste en ese hotel sólo para hacer que temblara una vez más la tierra?    

Santiago.

16 de marzo de 1990

La luz de aquel jueves de septiembre me sorprendió sentada en el suelo, con las piernas cruzadas, un cenicero haciendo equilibrios sobre la rodilla derecha y una botella de vodka a medio terminar. Él y su espalda llevaban dos semanas de viaje; dos semanas eternas durante las cuales yo me había dedicado a tratar de encontrar a la Emilia de antes, la de las minifaldas y los bares, la ladrona de botellas de whiskey cuyas alas imposibles no puedes dejar de evocar.

Unos días antes, desayunando con mis antiguas compañeras de la facultad, me había intranquilizado darme cuenta de que era difícil reconocerme en muchas de las historias de las que fui protagonista. La intranquilidad detonó una búsqueda que en principio me pareció moderadamente inocua y terminó por escapárseme de las manos y convertirse en algo corrosivo, como casi todo lo que toco. Por eso, cuando dieron las siete de la mañana del jueves, yo no estaba en mi cama arropada con edredones de pluma de ganso y ataviada con camisones de tul –como sin duda imagina un tipo como tú que deben dormir las señoras- sino perdiendo la compostura en medio de la sala con una camisa de franela mal abrochada por toda indumentaria y salpicando de vodka las alfombras.

El cenicero apenas hizo ruido cuando cayó de mi rodilla. Las ventanas, en cambio, tronaron con tal fuerza que consiguieron ahogar, por un momento, los gritos que pegaban Los Gliders en el tocadiscos. “Que me coge, que me agarra, que me alcanza la llorona por detrás...” y yo ahí, petrificada en la ridiculez de aquel estribillo. No pensé en levantarme o correr al escuchar retorcerse las entrañas de la ciudad, no pensé en alas o plumas o espaldas cuando un portarretratos con mi sonrisa de novia se estrelló contra el piso. Tampoco pensé en ti. Pensé en la Emilia que acababa de ahogarse en la botella que ahora rodaba por el suelo y en la tierra que se disponía a tragarse su cadáver mientras yo permanecía inmóvil, la mirada fija en el vaivén desbocado de una lámpara.

Claro que me acuerdo. Claro que me tiembla el pulso y hasta deja de hervirme momentáneamente la sangre con tus impertinencias porque cuando el universo terminó por fin de tambalearse y el timbre del teléfono me sacó de aquel letargo, fue tu voz la que escuché al otro lado de la línea. Y entonces sí, lloré. Porque podía moverme y porque aún tenía fuerzas para insultarte. Pero, sobre todo, por esa parte de Emilia que había quedado sepultada.

Idiota. Te cité para destrozarte la espalda con las uñas. Nada de “seguramente”: sin duda por última vez. En lo demás no te equivocas: estaba en muchos lugares al mismo tiempo. Cuando deshice el nudo de tu corbata te recordé sentado en algún bar, con una cerveza en la mano, burlándote de los burócratas de ocasión. Mientras me quitabas la blusa sin respeto alguno por los botones, nos vi dormidos uno encima del otro, borrachos y cansados de tanto embestirnos, sobre el primer colchón que compartimos. Estudié cada una de tus sonrisas ladeadas, cada roce de tus manos que insistían en dirigir el movimiento de mis caderas. Lo que ahogaba los golpes en la cabecera era la escandalosa contundencia de saber que nunca más volveríamos a mordernos.

Ahí tienes: mi recuerdo urgente, mi versión de eso que es tanto más importante que noquearte de una buena vez y que, como bien dices, nada tiene que ver con todo lo demás. Deja de decir que nuestra historia es cursi, Santiago. Los cursis somos nosotros, que cinco años después de habernos despedido seguimos aferrándonos a la tinta del otro, a los trazos familiares de cada letra, a las peleas que terminan por posponerse para cederle paso a la memoria. Seguimos queriendo que algo pase, que algo cambie, que la tierra –de pronto- se mueva.

Sólo una cosa más, antes de estamparte una firma escarchada: esto no es una tregua. No puedes negarte a subir al cuadrilátero y luego asestar un golpe fatal desde las gradas. ¿Por qué has tenido siempre tantas ganas de provocar venganzas?

E.

23 de abril de 1990


You used to laugh about/ Everybody that was hangin' out./ Now you don't talk so loud,/ Now you don't seem so proud,/ About having to be scrounging your next meal…” Gritaba yo como un demente dando saltos sobre un solo pie mientras tú (al igual que como escribes que te sorprendió el terremoto ese jueves de septiembre) cubrías tu cuerpo con mi camisa manchada de vino que apestaba a cigarro más que los ceniceros de nuestra antigua cantina, la misma que, según nos habían informado, Luis no abandonaba desde hacía dos días.

Yo no estaba borracho, estaba al borde de un coma etílico, mientras tus ojos verdes, abiertos como las cortinas del cuarto de hotel que permitían que el sol nos escupiera en la cara, me miraban absortos dar de tumbos por las paredes y las puertas de la habitación.

No recuerdo si estabas diciendo algo, puede ser que te hayas quedado callada o que me insultaras entre dientes; lo que sí recuerdo es que cuando mi cabeza detuvo el vaivén de mi cuerpo contra el espejo del baño, lanzaste un grito de terror que hizo más escándalo que los cristales haciéndose pedazos contra el mosaico del piso.

Al Santiago de los bares, cómplice del robo de docenas de botellas whiskey, admirador de tus minifaldas y enemigo de las corbatas rojas, no se lo tragó la tierra, se lo comió el espejo de un hotel horrendo, un domingo anónimo a las 11:45 de la mañana.

Camino al hospital no llevabas minifalda, traías pantalones azules y aún usabas mi camisa que ahora estaba cubierta de sangre y ya no tenía compostura alguna, como yo, como nosotros…

Tal vez algún día te cuente sobre ese sueño que todavía me hace despertar de un brinco en las noches y me obliga a llevarme una mano a la cabeza donde permanece la cicatriz de las ocho puntadas que tuvieron que darme en el cráneo. Hoy no, no estamos para hablar de  sueños, nunca lo estuvimos.


No quedó nada, Emilia, no quedó nada. Cuando abrí los ojos en el sanatorio al día siguiente, estaba solo. Al llegar por fin a mi casa encontré debajo de la puerta una carta tuya, una que llevo conmigo desde hace muchos años en la bolsa del saco, creo que ahora está tan gastada que es ilegible, no tiene remedio, igual que esa camisa que te quedaba perfecta.

Tú recuerdas bien esa carta, en ella me decías que estabas con Luis, que algo malo pasaba, que era urgente que yo fuera, que era, y esto lo cito de memoria: “un pedazo de imbécil por haber estampado la cabeza en el espejo más pequeño del mundo habiendo tanta pared a los lados”.


Ese lunes no fui a ver a Luis (con quien no volví a encontrarme jamás) tampoco estuve contigo, ese día hice mi maleta, rompí dos de las hojas enormes donde descansaba uno de tus poemas adolescentes, guardé tu carta y me largué; “How does it feel?”

Lo que encontré después, lo que nunca me explicó Bob Dylan, es que (al menos para mí), no había nada del otro lado del espejo, ni juegos de ajedrez caóticos como los que miró Alicia, ni el minotauro de mí mismo al que yo quería cortarle la cabeza. Cuando te dejé, no hubo nada más que el desierto de la vida sin tus manos. Entonces regresé, derrotado, con la cola entre las patas, vencido por la evidencia de saber que no puedo ser más de lo que soy. Tienes razón, mi intento de fuga fue, como tú dices “de un estrépito lamentable pero de poca consistencia”, así que cuando volví sobre mis huellas, las tuyas ya no existían; tú habías cocinado tu revancha y la tenías lista para mí dentro del refrigerador. No es que tenga ganas de provocar venganzas, lo único que quiero es que termines de dejar caer la tuya de una vez por todas y nos olvidemos de tanta culpa y tanta tinta que llena de humedad los rincones de tu casa.

Si sólo me citaste ese jueves fúnebre para destrozarme la espalda sin duda por última vez, yo por mi parte puedo decirte que, aunque carezco casi de cualquier certeza, hay una que es irreductible y que quiero que te quede bien clara: la tierra puede moverse todo lo que se le pegue la gana, pero tú no vas a encontrar jamás otra espalda tan irrelevante como la mía que esté dispuesta a cargar con el tatuaje de tus uñas. Yo soy solo el maniquí de portafolio café y corbata roja, pero tú, Emilia, no volverás a crear un terremoto en una cama nunca, por eso, también te doy la razón cuando escribes enseñando los colmillos, que mi estupidez no te hace a ti más inteligente.

En cuatro horas voy a ponerme otra vez el saco, a guardar tu carta y a resignarme a que sea otro martes insípido, y no tus uñas, el que me haga sangrar la espalda, pero tú ¿cuánto tiempo vas a seguir fingiendo que eres feliz montando tu mejor actuación de esposa y “señora de la casa”? “How does it feel?”

Santiago.            

17 de mayo de 1990


¿A ti no te había devorado un espejo? Si hace cinco años sabes que no tenemos compostura, ¿por qué insistes en  remover los pedazos? Me convenciste al fin: somos cristal molido. Pero, ¿sabes qué? A partir de ahora puedes cortarte tú solito con el polvo que queda.
Como lo lees: hoy decidí caer en la provocación. Hoy voy a darte gusto. Tal vez sea porque a mí me pintó escribirte, al fin, un jueves. Y yo los jueves estoy cansada: del despertador y la cafetera italiana y los sándwiches para el lunch; de la comida y el tráfico y las clases de ballet y todo eso que te parece tan deleznable. Ahí está: mi vida tal como tú la intuyes, para poder burlarte cada vez que crees que viene al caso. Porque mis jueves tienen otras cosas, que ya no vale la pena contarte. Sigue pensando que soy toda ojeras y listas de la compra, piénsalo mientras te anudas la corbata roja. Ya sé que te gusta. Ya entendí que te da fuerzas para arrastrarte a la oficina.
¿Necesitas más detalles para tu imagen de Emilia desplumada? Van de regalo, porque sé que te consuelan: me canso también de la telenovela de las cuatro, de no escribir nunca poesía, de recoger cabezas de Barbie y perseguir a Mariela por los pasillos para que se lave los dientes y se acueste.
Jueves o no, estoy demasiado harta de tus letras podridas como para hacer lo que exiges de mí: que me beba el último cuarto del whiskey y escriba con trazos tambaleantes que se me acabaron las venganzas, que no me resigno a existir sin que me muerdas las rodillas y que quiero que vengas a llevarme contigo al otro lado del espejo. No engañas a nadie, Santiago. Los dos sabemos que si escribiera algo así, buscarías algún sitio ridículo donde estrellar la frente y luego saldrías corriendo más lejos que la última vez. Si lo exiges es sólo porque sabes de sobra que no voy a hacerlo. Que no quiero hacerlo.
¿Te había dicho ya que mi niña se llama Mariela? ¿O seguimos jugando a los nombres prohibidos? No: me cansé de seguirte la corriente. Mariela, tengo una hija y se llama Mariela. Tengo una hija con otro. Tiene la nariz llena de pecas, igual que su papá, es casi tan cursi como la abuela Caro, se ríe igualito que mi hermano Jaime y por fin (sí: por fin) me colmó la paciencia que insinúes que esta vida, que la incluye, no es más que una venganza que no termino de propinarte. No te recordaba tan ingenuo… nunca he negado que tus acciones detonaran muchas de las mías, pero ni siquiera tú puedes ser tan ególatra como para imaginar que cada paso que di después, estuviera relacionado con tu cráneo partido.
¿Qué sabes tú de los temblores que provoco o dejo de provocar? ¿Qué sabes tú de los sitios donde entierro las uñas? Qué cosa curiosísima es el ego: quién te viera recurrir a la fácil sentencia de que nadie me lo va a hacer como tú. ¿No es eso de lo que estás tan seguro? Muy masculino de tu parte. Bravo, bravísimo. Quédate con tus certezas: esas también te las regalo. Ya sé que te ayudan.
¿Qué importa ya lo que pienses? ¿Qué importa lo que piense yo? Si de todas formas, para ti no queda nada. Si media Emilia está bajo tierra y al Narciso de cuarta que se desgañitaba imitando a Dylan se lo tragó su reflejo en un cuartucho del centro. Por lo menos a mí me queda una mitad.
El día de tu gracia, cuando me vio con la camisa que tan bien recuerdas manchada de sangre, Luis me aseguró que seríamos tan irresponsables el uno con el otro como lo habíamos sido con él. Era mentira que llevara dos días en la cantina, ¿lo sabías? Eso seguro se lo inventó el bestia de la barra para hacerte sentir importante y garantizar las propinas inverosímiles de tus borracheras. Los únicos que apestábamos a alcohol (entre otras cosas) aquel día y como siempre, éramos tú y yo. Luis me recogió en el hospital y me llevó de vuelta a mi casa, donde llevaban tres días a base de valeriana (nunca voy a saber si por mi intento de fuga o por la cava vacía) llamando a media facultad para dar conmigo. Si en lugar de esfumarte con la carta que luego te aprendiste de memoria, te hubieras dignado a enseñar tu cabeza rota, sabrías que despertaste solo porque yo estaba con Luis tratando de impedir que mi familia te demandara por robo, secuestro y violación.  
 ¿Ese fue tu drama, Santiago? ¿Así te lo explicas? ¿Te levantaste con migraña y al no verme ahí, decidiste castigarme mandando todo al carajo para irte detrás de un conejito blanco? ¿Para reclamarme, diez años después, que no me quedara a escuchar eso tan impactante que habías soñado? No me interesa. Por mí, puedes seguir despertando de un brinco el resto de tus noches sin compartirlo con nadie. Espero, eso sí, que cada una de las ocho puntadas te recuerde que eres un tarado.
Tú ganas: se acabaron las letras con escarcha y las remembranzas de temblores y moteles y bares y cuadernos gigantes. Nos acabamos nosotros. Pero, ¿qué digo? Si de nosotros hace mucho tiempo que ya no queda nada. Nos devoró el espejo de un hotel horrendo, un domingo anónimo, a las 11:45 de la mañana. Vete mucho, muchísimo, al demonio, Santiago. 

21 de mayo de 1990


Así que los jueves te cansas de la vida… Voy a guardarme la opinión que tengo sobre tus cansancios porque, como bien dices, en realidad no me incumben para nada, pero me gusta que hayas escrito este jueves porque has vuelto a ser (por lo menos en papel) la Emilia que todavía recuerdo un poco; la que estalla como un globo cuando alguien se le acerca demasiado con cristal molido, la que luce orgullosa sus colmillos arqueados mientras defiende “el nido”.

¿Te atreves a acusarme de ingenuo y ególatra mientras tú decides usar el trilladísimo argumento de defender con las uñas tu vida de madre abnegada? Sólo te faltó agregar “¡Y si te metes con mi familia te mato!”. Vamos disipando la niebla Emilia, para serte sincero me da igual el nombre de tu hija y cuántas pecas puedas contarle en la nariz, y me importa todavía menos que se ría como tu hermano o como el primo que nunca te visita.

Que cuando alguien disiente de tus decisiones te colme la paciencia no es ninguna novedad (según me acuerdo Luis y yo te la colmamos en un tiempo récord y eso que eras tú la que jugaba a dárselas de mujer fatal), pero de ahí a que tus obsesiones con la venganza te lleven a pensar que todos la deseamos tanto como tú, hay una gran distancia.

No hay revancha Emilia, sólo nostalgia, y esa ni tú, ni tu marido, ni la abuela Caro nos la pueden sacar de la cabeza. Ataca todo lo que quieras “uróboro”, pero recuerda que el veneno no sirve solamente para matar, también se usa para crear antídotos, y también ten en mente que si tu tan atinada metáfora de la serpiente circular es cierta, ésta termina siempre mordiéndose la cola.

No creo que seas toda ojeras y listas de la compra, creo que tienes ganas de hacer sonar tu cascabel porque te sientes atacada por un pasado que te persigue en los pasillos de tu casa, que te enroscas porque te gusta comer presas vivas, no ratones muertos, y que hace tantos años que no digieres esta historia, que tus mandíbulas de cazadora están cansadas de servir sólo para el bostezo. 

Agradezco el retrato de familia que me pintas para que me “ayude” a arrástrame a la oficina, pero a diferencia de ti, hace demasiado tiempo que dejé de esperar que tu simpatía o tu lástima me sirvan para algo.

¿Me desperté con migraña, no estabas ahí y por eso me largué? Parece que leíste mi última carta con mucha prisa, o quizá el hastío de la novela de las cuatro te impide ya entender historias que no terminen con final feliz y besos larguísimos al ritmo de canciones cursis como las que te gustan tanto ¿Crees que me fui y lo dejé todo sólo porque no despertaste junto a mí en un hospital? Tienes razón, el ego es una cosa muy curiosa, y no, no has entendido absolutamente nada.

Tampoco voy a detenerme a dar explicaciones porque tenemos un problema de calendario, tú escribiste un jueves y yo estoy respondiéndote un lunes… Tú los jueves estás cansada del despertador, la cafetera italiana y las muñecas degolladas. Yo los lunes estoy harto de lo que falta, no de lo que pasó. A mí me hastía el futuro y a ti el pasado. Me cansa lo que viene; no sólo las corbatas rojas, también pensar en ti leyendo esta carta y sabiendo que cambiarás, en un instante, tu risa de estruendo por un mutismo absoluto; me duele tu coraje envuelto en bolsas para el lunch, pero me fastidia mucho más saber que lo has logrado, que finalmente ganaste, que hoy yo también me subí al ring porque tu tendencia al drama es insoportable, porque este lunes me recuerda a ese espejo hecho pedazos y a la Emilia que ya no serás, o que tal vez no fuiste nunca más que en mis letras estúpidas y tercas. Te concedo que a mí ya no me queda nada pero eso de que a ti por lo menos te quede una mitad es cuestión de perspectiva, yo creo que, más bien, a ti siempre te faltó una mitad.

¿Te ayuda pensar que soy un hijo de puta? Eso no es ninguna novedad, lo sabes desde el primer día, lo sabes desde que le jodí la vida a Luis para ir a seguirte, cosa que a ti no pareció molestarte, al contrario, creo que disfrutabas tu papel de Elena de Troya escondida tras tu look de hippie de sobremesa. ¿Cómo digiere eso tu conciencia “uroboro”?

Lo soy E-MI-LIA, soy un hijo de puta, uno que tiene la mala costumbre de hacerte caso y que hoy va a guardar la pluma haciendo pataletas (más bien dando patadas de ahogado) y se va a ir mucho, muchísimo al infierno.

¿Por fin terminaste con tu venganza o también quieres que te la ponga a enfriar?

Santiago.